lunes, 24 de agosto de 2009

'Enemigos públicos', el ejercicio cinéfilo de Mann

Crítica de Enemigos Públicos.

Después de aquel largo capítulo que fue el paso al cine de Miami Vice, Michael Mann regresa a los cines con una película ambientada en la América de los años posteriores a la Gran Depresión de 1929. Aquella en la que robar bancos era una profesión como otra cualquiera y donde algunos criminales eran convertidos en estrellas mediáticas. John Dillinger era de esa clase de hombres poco amigos de las leyes. Bandidos con carisma, que ponían una y otra vez al FBI en ridículo. Hombres sin miedo. Asesinos convencidos de estar por encima de todo y de que nunca nadie podría con ellos. Hasta que alguien pudo. Así era Dillinger según la historia. Así lo refleja Michael Mann en Enemigos Públicos. Y así le da vida un impecable, como siempre, Jonnhy Depp.

Con un manejo del primer plano excepcional, Mann obliga a los actores a actuar no sólo con las palabras y con sus movimientos, sino con el rostro. Un rostro hecho para la actuación el de Depp, que vuelve a demostrar (no se cansa de hacerlo) que puede con todo. Su mirada, sus gestos y su interpretación confluyen en la creación de un personaje inmaculado que hace que el espectador sienta cierta simpatía hacia él pese a su deshonrosa forma de ganarse la vida. No resulta tan convincente Christian Bale. El hombre que ha dado vida al mejor Batman de la historia tiene algún que otro problema para modificar las facciones pétreas que le dio la madre naturaleza. Sin embargo, siendo justos, hay que señalar que como Melvis Purvis, Bale da el do de pecho. Al fin y al cabo, nunca resulta fácil estar a la altura de un genio de la talla de Depp. Con ellos, Marion Cottilard, a quien tanto primerísimo plano le hace un flaco favor.

Y es que, curiosamente, la forma de rodar Enemigos Públicos es el gran acierto y el nimio defecto de Michael Man. Lo reducido del cuadro da una sensación de intimismo y conocimiento de los personajes que ayuda a meterse más en la trama, pero también requiere un ejercicio de atención al que el espectador medio no está acostumbrado. De ahí que haya momentos en los que el cerebro pida a gritos que la cámara retroceda un poco y abra el campo de visión para saber qué pasa en ese fuera de campo del que se nos priva. Ése es el único ‘pero’ que podría ponérsele a una película pulcra en su realización (no podía esperarse menos de Michael Man), en su interpretación y en su resolución.

La historia es la que es -como mucho, se adorna un poco para que sea más cinematográfica-, pero Enemigos Públicos tiene la elegancia de aquellos ladrones de bancos y una estética que traslada al espectador al mejor cine negro y de gángsteres. Buscando analogías, Enemigos Públicos tiene algo que ver con Dos hombres y un destino. Con ella comparte los intrépidos robos de bancos y las huidas espectaculares, aunque en ésta, los ladrones visten de alta costura y no son tan ‘amables’ como pudieron serlo Paul Newman y Robert Reford.

En Enemigos Públicos todo ha sido rodado con mimo, con cuidado. Buscando el equilibro entre la modernidad del cine digital y el recuerdo de cuando los géneros estaban bien definidos. Una película para amantes del cine de antes y de ahora. Y en esta cuidada atmósfera, Mann visita una historia tan cercana en el tiempo que asusta. Los buenos no son tan buenos ni los malos tan malos. Y es que el maniqueísmo del que muchos hacen gala no tiene cabida en Enemigos Públicos. Ni el agente Purvis es un defensor sin mácula de la ley y el orden, aunque lo intente y en ocasiones le remuerda la conciencia. Ni John Dillinger era un criminal sin principios. Siempre fue fiel a los suyos y ésa fue su condena. No se trata de entronizarlo (nadie puede olvidar sus crímenes), sino de llamar a las cosas por su nombre y poner a cada uno en su sitio. Al final, el tiempo lo hizo. La ley triunfó, aunque fuese de la manera más cruel y sanguinaria (en un arrebato de autoritarismo y por la espalda) y cada uno purgó sus penas. O quizás no. (M. J. Arias).



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